CICATRICES

El 11 de mayo de 1983 se realizó la primera jornada de protesta nacional contra la dictadura; ésta fue la primera de una serie de protestas impulsadas por el movimiento sindical y que fueron tomando fuerza a medida que diversas organizaciones y partidos políticos se iban sumando. Se caracterizaban por pequeñas concentraciones previas a la jornada, donde se difundía el hito político a través de panfletos, carteles, murales y cortes de calle en las afuera de las universidades donde se iniciaban los primeros enfrentamientos con carabineros. El día de la jornada se iniciaba con protestas en los centros urbanos durante día y terminaban en duros enfrentamientos con la represión policial y militar en las poblaciones periféricas, se bloqueaban con barricadas y eran protegidas con piedras, palos y fuego dejando en cada una de estas jornadas muertos y centenares de detenidos.

La última movilización con estas características fue el 2 y 3 de julio de 1986. Esta jornada nacional fue el resultado de años de acumulación de fuerza, convocando a todas las organizaciones contra la dictadura, presentándose como la más grande de todas las movilizaciones de la que se tiene recuerdo contra la dictadura. Esta jornada no solo es recordada por la multitudinaria asistencia, sino por la muerte de siete personas y el caso quemados, donde un grupo de militares roció con un bidón de bencina, destinado para una barricada, a la pareja de jóvenes Carmen Gloria Quintana y el fotógrafo Rodrigo Rojas de Negri, este último resultando muerto por las graves quemaduras. Los militares abandonaron sus cuerpos en un sitio eriazo de Quilicura.

Las técnicas utilizadas durante la lucha contra la dictadura, protestas de día, piquetes callejeros fuera de las universidades, velatones simbólicas y barricadas en las poblaciones de noche, quedaron en la cultura popular; prueba de ellos son las jornadas del día del joven combatiente, el 11 de septiembre y el primero de mayo que se expresan hasta el día de hoy, donde la figura de la autodefensa popular, hoy es reemplazada por demostraciones lumpéricas de resentimiento que nos recuerdan en cada una de estas fechas las consecuencias de la dictadura y la democracia pactada.

Las marcas que dejan las barricadas después de una jornada de protesta son cicatrices de ciudad, estas marcas nos recuerdan que aún ese pasado doloroso es una herida que no sana, el fuego carcome el asfalto acercándose a la tierra, dejando grabada en el piso la huella del enfrentamiento. En la calle quedan los vestigios de la suspensión del orden, la interrupción del tránsito y la fricción del conflicto: las paredes ralladas, la pintura chorreada en el pavimento, restos de barricadas, materiales quebrados, quemados, vencidos. En la Villa Francia, en los alrededores de La Victoria o San Gregorio se pueden ver costras en el asfalto, metros de estas huellas en el camino, que se suman año a año desgastadas por el tránsito. Estas marcas cada vez más presentes en la urbe dan cuenta de un avance territorial de las periferias en los centros de poder, en el centro de Santiago estas cicatrices callejeras están cada vez más presentes debido a los nuevos conflictos sociales que exponencialmente va provocando este sistema.

Quienes venimos de los barrios periféricos conocemos estas marcas por ser parte de nuestro paisaje herido, y al pasar los años, nos hemos ido dando cuenta como estas cicatrices han ido avanzando por la ciudad, marcas que hoy se hacen presentes en el casco histórico de los centros urbanos y barrios acomodados de este país como receptores del descontento social. Después del 18 de octubre del 2019, se abrió una llave de acontecimientos que rompieron con la historia como la conocíamos hasta ese entonces; una epifanía colectiva desbordada que se tomaba todas las calles trayendo al presente no solo décadas de abusos de un sistema neoliberal en crisis, sino también la herida ancestral en el corazón de la champurria (1) popular, revelando la marginación radical a nuestros antepasados en nuestros cuerpos, capas populares con una memoria aplastada por la mitología colonial de la chilenidad.

Un pueblo emergente se hacía potencia en cada comuna, en cada ciudad de Chile, desmonumentalizando la historia de los vencedores y disputando el espacio público para transformarlo en calle (2), dándole paso a todos los relatos trenzados en manifestaciones de lo común, espacios para volver a encontrarnos, reunirnos y recomponernos, tomándonos temporalmente pedazos de territorio para mantener viva esta revelación. Desde el año 2011 que vengo estudiando estas marcas, generando así múltiples ejercicios como registros fotográficos, moldes en varios materiales y frotados en papel o tela en el asfalto de mí barrio. Mostrar estas huellas y pensarlas como heridas, costras y cicatrices ha sido una de mis metodologías de investigación en mi práctica artística; Fue durante la segunda semana de movilizaciones de octubre, que sentí la necesidad de insistir con estos ejercicios (ahora en mi nuevo barrio), para terminar haciendo una impronta de una de las huellas de barricada cercana a la esquina de las calles Fray Camilo Enríquez con Avenida 10 de julio, generando un grabado de 2,70 x 2,30 mts. de tamaño. Este registro nos sirvió de telón en varios eventos barriales y en plaza de la dignidad, también nos acompañó montado en la pared de nuestro taller en la sala de artes visuales del GAM durante largas jornadas de trabajo produciendo propaganda gráfica. Esta simple reflexión visual traducida con un paño, un tubo de óleo y una tela, abrió preguntas, debates y múltiples lecturas desde su evidente literalidad, y al mismo tiempo su evidente abstracción.

Cristian Inostroza (2019) “Cicatrices”

1 Mi abuela me decía que yo era “champurriao”, calificativo peyorativo que en mapuzungun se refiere a cualquier mixtura, en este caso al mestizaje pero desde una perspectiva no blanca.
2 Desde donde no se ve la ciudad.